Era alturada la vista que teníamos aquel septiembre.
Tal vez, la ventana un poco chata para tal horizonte espléndido del mar que se nos asomaba. No dudaría por un segundo que tal fin arquitectónico era para sacarnos de tal construcción deprimente y apreciar en su totalidad la arena seca entre los dedos de los pies y sentir la perpetuidad del sol destellozo.
Era nuestro primer viaje juntos, ah, esos que te clavan una aventurada emoción y que en el entrever se va difuminando también el tiempo y se clavan preguntas como: ¿Qué será mañana?, ¿estoy haciendo las cosas bien?.
Al final de cuentas, era yo el que tenía algunas preguntas raras. Pero en fin, caminamos al oeste y vimos una tortuga tratando de volver al mar.
También pausamos.
Yo era el que iba a hacer la pregunta, pero ella sollozó; ¿y si de verdad somos como las tortugas?, buscamos tanto amor en zonas agrestes, arriesgamos nuestro confort para desplegar nuestro amor, pero nuestro fin será también esa finiquitación de querer encontrar lo ideal, de concatenar y dejar furtivo ese querer por un lado. Para tocar la tierra, desovar y volver a casa. Y así un ciclo finito.
Yo la miré.
Miré también el océano, porque sabía que también volveríamos a casa, algún día.