Nadie espera súbitamente un viento helado, simplemente se da. Inoportunamente, yacemos postrados con fragileza esperandola, esperándonos. Con emoción volvemos a casa, después de admirar el
Un mango descortés pendía por la ventana, se asomaba entre el resplandor limeño, sudoroso. Ya estaba maduro, rechinando con sus moretones de febrero. Estaba enamorado.