Solíamos caminar por la calle 3-40, una calle estrecha, donde si íbamos de prisa, así como el amor que nos teníamos tal vez, un poco desbordante, uno de los dos iba a terminar cediendo en el asfalto ardiente.

Así que tratábamos de permutar la serenidad desde los pies hasta las manos.

Del ombligo hacia arriba, llegando al cuello y hasta la boca era otra cosa, un remolón.

Y ni qué decir de los labios, la sonrisa ambulatoria.

Los ojos, más allá de todo, dos ventanas inobjetables, donde era una alcoba mutua.

Donde nos recostábamos, sin mirar arriba, ni abajo sino de frente.

Así como un rayo solar que solamente quería penetrar.

Seguíamos caminando, controlando un poco la aceleración, y entre esa rutina, desconsolados un poco por lo desconcertante del futuro, como esa vía que nos llevaba de un lado a otro, suspiramos.

Nos dimos por vencidos.

Nos besamos, sentimos el viento desconfigurando esa rigidez asensorial que nos conceden las pantallas.

También sentimos la arenilla entre los pies, ya no estábamos en la acera, el terrenal gris nos sostenía como un trofeo de afrodita, y sobre esa cúspide, comprendí que las palabras son como una hoja cayendo de un árbol.

Pueden caer tantas de un árbol muy de pronto, pero no todas se dejan llevar por el viento.

Unas caen de frente al suelo, otras se van a unos metros, pero no todas se dejan envolver en el suspiro primaveral.

De que por más que queramos sentirnos seguros en la copa del árbol, balanceando, sin querer caer, caeremos.

Pero es mejor querer y caer.

Que sostener y caer.

Porque la vida es finita y el amor infinito.

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