Blog

Confesiones de un cafetero limeño que leyó Tea Shop

octubre 20, 2026 kevvchang4 No hay comentarios

Calificación: ☕☕☕☕½ (en tazas de café, que conste)

Domingo, lleno de un bochorno sutil. Me senté junto a la ventana con mi Aeropress listo para ser comprimido con esa energía matutina antes de abrir el libro, pero la curiosidad con olor a té era más intenso que lo anterior, así que procedí a leerlo. En el prólogo, el autor me cuenta que en su casa todos son cafeteros. Su mamá no arranca sin su taza, su hermano colecciona cafeteras del mundo y su abuelo le rendía culto al espresso todos los días. Y a él, dice, el café nunca lo conquistó. Lo conquistó el capitán Picard pidiendo un Earl Grey caliente.

Debo confesar que en mi familia es lo contrario, aún en un entorno donde el té es parte inherente a mi cultura, sangre y todo lo que me hace yo, es algo interesante leer este libro.

Primera taza: el boulevard

El libro empieza donde a cualquier limeño romántico le duele: en un lugar que se está apagando. Es un boulevard de 1962 con fachadas retro, hierro forjado y una sirena de bronce echando agua en la pileta. Tiene un reloj hecho a mano en Alemania que toca la melodía de Westminster cada quince minutos, y el señor Octavio le da cuerda todos los lunes desde el día de la inauguración. Al frente está el Cinema Imperio, que abrió con Dr. No y hoy es puro escombro.

Yo he visto morir los cines del Centro uno por uno, convertidos en tragamonedas o en iglesias. He visto a los malls tragarse barrios enteros con su vidrio y su acero. Así que cuando aparece la corporación con sus pantallas LED, su “rincón del influencer” y su plan de levantar cuatro pisos de estacionamiento donde estaba el cine, yo ya estaba en la barricada con mi taza en la mano.

Segunda taza: los chicos

Grey es bajito, de rulos imposibles, y trabaja en la tienda de té de su abuela Agatha. Escucha música de hace ochenta años y tiene un superpoder: cambiarle el humor a la gente con una taza. Eliot es alto e hijo de magnate. Creció de hotel en hotel sin un solo amigo de años y sueña con un canal de viajes, no con la empresa de papá.

Se conocen en la fuente. Eliot está con los ojos aguados después de que Petra lo humilla, y Grey se le acerca con un té “de promoción”, se pone rojo y sale corriendo. Días después, Eliot le recupera el celular a un ratero y sabe cómo se llama porque lo lleva escrito en la plaquita del pecho. Grey pasa de rojo tomate a rojo bandera. Ahí ya me tenían.

Vamos aclarando: a mí me desarma una flaca leyendo en el malecón. Pero si algo he aprendido en esta ciudad gris es que el amor no se elige, se reconoce. Y este libro trata a estos dos chicos con una ternura que me dejó mudo.

Hay una cita sorpresa en el cine en ruinas, con humus y falafel en táperes de cartón y Fred Astaire bailando por las paredes, que el señor Pascual, el guardián, arruina justo antes del beso. Hay unas manos heladas en el bosque de queñuales de Taquile y un chico que se quita sus propios guantes porque no tiene un par extra. Hay una luna llena sobre el Titicaca, “Moonlight Serenade” saliendo de un celular y Parcival preguntándose si Glenn Miller se imaginó alguna vez a tres chibolos poniéndolo a orillas del lago. ¿Huachafo? Un poquito. ¿Y? El amor es huachafo o no es.

Y luego el tren. El Andean Explorer se detiene de noche en medio de la puna. Eliot saca a Grey del vagón, apaga la linterna del celular y le dice que mire arriba. Grey llora ante las estrellas, y se besan. Yo he cruzado el Puente de los Suspiros aguantando la respiración por una chica de Barranco, pero nunca he bajado a nadie de un tren en los Andes. Envidia sana, causa.

Lo que más admiro, sin embargo, no pasa en los Andes sino en la cocina. Cuando Grey le confiesa a su abuela por dónde van sus sentimientos, ella no hace drama. Le dice que siempre fue distinto, que solo quiere que sea feliz y que se cuide, porque hay gente cruel. Y el papá de Eliot, desde Nairobi, despacha el tema con una pregunta: quién en pleno siglo XXI podría ofenderse. Esa es la libertad que me conmueve. No la que se grita, sino la que se da por sentada en la sobremesa.

El libro tampoco esconde la otra cara. La pone en boca de Petra, que llama “cochinadas” a un beso y “desviaciones” a un amor, y que ni siquiera sabe si Nano es “mocoso o mocosa”. Y deja que el amor le gane en vivo, frente a las cámaras, con cuatro palabras: no es ella, es él.

Tercera taza: la villana toma café

Y aquí, señor autor, tenemos que hablar.

La única persona que toma café en todo el libro es Petra: la de Harvard, la que parece salida de la Estrella de la Muerte, la que quiere tumbar un cine para hacer cocheras. Grey le ofrece un té y ella, seca: “No, gracias. Yo tomo café.” Me sentí señalado.

Y no es solo ella. Cuando Catalina imagina el peor destino posible para la tienda, piensa en un café al paso. La ejecutiva que entra pidiendo “un verdadero despertador” sale con un English breakfast. Al final, el papá de Eliot cuenta que el doctor le prohibió el café por la acidez y que se pasa al equipo del té. Y en el glosario, para rematar, el English breakfast es “el héroe de las mañanas”. Eso, mi estimado, tiene nombre, y se llama café.

Lo acepto con hidalguía. Me quedo con los espejos del Club Gatsby, que según el libro reflejan “el glamour del café”. Algo es algo.

Cuarta taza: la mancha, y los peros

Parcival se roba la película. Duerme con pijama de ewok y se cae al Titicaca. Sale con un alga en el pelo, jurando que el agua está más fría que el trasero de un pingüino. Se intoxica con helado vencido y lo salva la muña. Llora subiendo al tren como si fuera el Hogwarts Express, y bautiza a la pareja “ElGrey”, que es el mejor chiste del libro.

Catalina y sus “moraditos” de Purple son un amor. Y Nano, el tiktoker de pelo rosado, me dio el momento más humano: Parcival se pasa una página despotricando contra “ese flacucho”, y cuando lo tiene al frente le grita que es su fan. Todos tenemos un Nano.

Ahora, los peros, porque un romántico no es un ciego:

  • Las referencias. Parcival no puede decir dos frases sin Star Wars, Gandalf o Jack Sparrow. Como café cargado está bien, pero a ratos la referencia ahoga el diálogo.
  • Petra. Es villana de dibujo animado, mezcla de Umbridge y Cruella, como dicen los propios chicos. Le concedo su único buen argumento: dónde estaban todos los defensores del cine durante los diez años que estuvo cerrado. El libro nunca termina de contestarle.
  • El final. Se resuelve con varios golpes de suerte seguidos: el audio del papá, el directorio que pausa la demolición, el ejecutivo que descubre la coima con Falcon.

Es un libro cozy, de los que te abrazan, y uno lo sabe y se deja. Hasta acepté sin chistar que a Grey le salga luz de arcoíris de las manos mientras prepara un té.

La última taza

Terminé de noche. El reloj de la plaza vuelve a brillar justo a medianoche, con Grey en la ventana, Eliot que lo abraza y Agatha que los mira desde la mesa. El autor dice en el prólogo que el té le enseñó el valor de la pausa. Yo le respondo que el café también sabe de pausas: el cafecito de media tarde, la sobremesa que se estira, el lonche en casa de mi abuela. Al final, té o café, lo que importa es con quién te lo tomas y qué te atreves a decirle entre sorbo y sorbo.

Cuatro tazas y media de cinco. La media que falta se la queda Petra, por hacerle tan mala fama a mi bebida.

Agradezco a Bruno Pinasco, que entre la ajetreo espontaneo del trabajo, entre visitas técnicas, entre los rincones donde los árboles ondulan la fantasías tenues, lo que queda es una pieza de lo que todos anhelamos, querer y amar, en la prontitud, mientras podamos.

Prev No Next Post Available

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cuéntanos tu historia:

Nuestras redes sociales

kCH04 - Kevin Chang, Todos los derechos reservados